Cuando la Navidad llega, las casas se llenan de luces, olores a comida casera y planes tranquilos en familia. Entre villancicos y sobremesas largas, hay una costumbre que nunca falla: sentarse frente al televisor para ver películas navideñas, muchas de ellas ya conocidas, pero que se disfrutan como la primera vez.
Para los más pequeños —y también para los no tan pequeños—, las películas familiares son las grandes protagonistas. Historias divertidas y llenas de travesuras, como Mi pobre angelito (Solo en casa), El Grinch, El Expreso Polar o Klaus, provocan risas y comentarios como
“esa ya la he visto mil veces”, sin que nadie quiera cambiarla. Son cintas que se han vuelto parte de la tradición, casi como el árbol o el belén.
Las películas románticas también tienen su momento. Suelen aparecer después de la cena, cuando la casa se calma y apetece algo ligero y reconfortante. Historias como Love Actually, Vacaciones (The Holiday) o Señales de amor (Serendipity) muestran amores que nacen en invierno, encuentros inesperados y finales felices, perfectos para acompañar una taza de chocolate caliente.
No pueden faltar los clásicos, esos que muchos vieron con sus padres o abuelos y que ahora vuelven a ponerse para que las nuevas generaciones los conozcan. Películas como ¡Qué bello es vivir!, Milagro en la calle 34 o cualquier versión de Cuento de Navidad nos recuerdan valores sencillos:
la solidaridad, la familia y la importancia de ayudar al prójimo. Verlas en Navidad es casi un ritual que conecta el pasado con el presente.
Y para quienes buscan algo distinto, también hay espacio para historias con un toque más oscuro o diferente. Pesadilla antes de Navidad o Krampus ofrecen una Navidad con un giro inesperado, ideal para los que quieren darle variedad al maratón navideño.
Al final, más allá del género o del año de estreno, estas películas cumplen una función clara: reunir a la gente, crear momentos compartidos y hacer que, por un rato, el tiempo se detenga. Porque en Navidad, una buena película no es solo entretenimiento, es parte del recuerdo que se queda.