El 26 de enero de 2026 no es solo una fecha en el calendario astrológico. Es un umbral. Un punto silencioso donde algo profundo cambia de dirección. Con la entrada de Neptuno en Aries, se abre un ciclo largo —casi quince años— que no pide respuestas inmediatas, sino honestidad emocional.
Neptuno no grita. Susurra. Es el planeta de los sueños, de lo invisible, de aquello que sentimos antes de poder explicarlo. Aries, en cambio, es fuego puro:
impulso, identidad, el coraje de decir “yo soy”. Cuando estas dos energías se encuentran, ocurre algo delicado y poderoso a la vez: el alma deja de soñar en silencio y empieza a moverse.
Este tránsito no nos empuja a correr, sino a actuar desde la verdad interna. Durante años hemos cargado ideales heredados, batallas que no eran nuestras, identidades construidas para sobrevivir. Neptuno en Aries viene a disolver esas máscaras con fuego suave, preguntándonos:
- ¿Esto que persigues todavía te pertenece?
- ¿Este deseo nace de tu esencia o de una vieja herida?
El llamado es claro, aunque incómodo: iniciar desde otro lugar.
Habrá confusión al principio. Cuando los sueños cambian de forma, el ego se desorienta. Pero ese desorden no es pérdida; es limpieza. Es el momento en que la intuición toma el timón y el miedo deja de decidir por nosotros.
A nivel colectivo, este ciclo puede despertar una nueva relación con el propósito, la espiritualidad y la acción. Ya no basta con creer: hay que encarnar lo que se cree. Ya no basta con imaginar un mundo distinto:
hay que atreverse a dar el primer paso, incluso sin tener el mapa completo.Neptuno en Aries nos recuerda algo esencial:
- la sensibilidad no es debilidad,
- y el coraje no siempre es ruido.
A veces, el acto más valiente es escucharse profundamente…
y comenzar de nuevo, desde ahí.