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La Luna y el arte sagrado de amarse en cada fase

Una historia mística que sigue el viaje de la Luna desde su plenitud hasta la oscuridad de la Luna Nueva, donde aprende que el amor propio no depende de brillar para otros, sino de honrarse incluso en la sombra. A través de sus fases, la Luna se convierte en símbolo de descanso, renovación y regreso consciente, recordándonos que retirarse también es sanar y que toda luz nace desde adentro.
La Luna y el arte sagrado de amarse en cada fase
(Crédito de la imagen: iTimes Spanish)
En lo alto del cielo antiguo vivía la Luna, guardiana de los ritmos invisibles. Cada vez que alcanzaba su plenitud, iluminaba la Tierra con un brillo tan intenso que parecía eterna. Los humanos la miraban con asombro, y ella pensaba que su valor nacía de ser vista, completa, admirada.Pero el cielo, sabio y silencioso, le enseñó otro camino.Poco a poco, la Luna comenzó a menguar. Su luz se retiraba como una marea tranquila, y con cada noche más oscura, el mundo miraba menos hacia arriba. Al principio sintió miedo. Creyó que al perder su brillo, también perdería su sentido.Sin embargo, en la penumbra descubrió algo sagrado: el descanso. Comprendió que no siempre debía darlo todo, que retirarse también era una forma de cuidado. En la sombra aprendió a escucharse, a abrazar su quietud, a no exigirle luz a su propio cansancio.Entonces llegó la noche de la Luna Nueva.No había reflejo, ni aplausos, ni forma visible en el cielo. Solo vacío. Solo silencio. Y en ese silencio profundo, la Luna se encontró consigo misma por primera vez. Entendió que su luz nunca se había ido; simplemente había regresado a su centro. Allí, invisible pero intacta, nació el amor más puro: el amor que no necesita ser visto para existir.Desde esa oscuridad fértil, un hilo de luz volvió a brotar. No como obligación, sino como elección. La Luna regresó lentamente, creciendo con paciencia, compartiendo solo lo que podía dar sin perderse.Cuando volvió a estar llena, ya no temía desaparecer. Sabía que cada fase era necesaria, que incluso en la oscuridad seguía siendo completa. Así, la Luna se convirtió en maestra del amor propio, recordándole al mundo que retirarse también es sanar, y que volver a brillar empieza siempre desde adentro.