Keir Starmer construyó su identidad política alrededor de la idea de los estándares y la integridad. El exfiscal prometió limpiar la política y evitar atajos morales. Por eso, los correos relacionados con Epstein ahora pesan sobre su gobierno como una cuenta regresiva. La controversia no trata de crímenes secretos, sino de juicio político, algo que suele terminar carreras.
La crisis comenzó cuando Starmer pidió disculpas públicamente a las víctimas de Epstein por nombrar a Peter Mandelson como embajador británico en Estados Unidos. La disculpa fue inusual porque no era por una acción personal, sino por una decisión que él autorizó y que podía reabrir el dolor de las víctimas.
Starmer explicó que había sido advertido sobre la relación pasada de Mandelson con Epstein, pero que fue engañado sobre lo cercana que era. Cuando se supo que Mandelson había minimizado el vínculo, el primer ministro lo retiró del cargo y expresó su arrepentimiento por haber confiado en él. Con esto, el foco pasó de Mandelson a las decisiones del propio Starmer.
Los correos son importantes porque se publican poco a poco. Los nombres vuelven a aparecer y el contexto crece. Lo que parece defendible por separado puede parecer irresponsable cuando se ve como parte de un patrón. No es necesario demostrar delitos para causar daño político; basta con mostrar cercanía y contacto frecuente.
En el caso de Mandelson, cada nueva revelación refuerza la idea de que Epstein no era solo un conocido lejano, sino alguien presente en su entorno incluso después de su condena. Esto debilita la defensa de Starmer de que la relación fue mal representada y que el nombramiento no habría ocurrido si se conociera toda la verdad.
A medida que aparece más evidencia, el argumento del primer ministro se vuelve más débil. Los correos convierten lo que podía ser un episodio cerrado en un problema continuo.
Downing Street intentó presentar el caso como un fallo en el proceso de verificación. Sin embargo, la relación de Mandelson con Epstein había sido comentada durante años. El riesgo era visible y la polémica previsible. Por eso, el problema central no es la falta de información, sino la decisión de ignorarla.
En política, esa diferencia es clave. Los votantes no esperan que los líderes lo sepan todo, pero sí esperan que eviten nombramientos polémicos que contradigan sus promesas de integridad.
El problema también afecta al Partido Laborista. Mandelson estaba muy integrado en la estructura del partido, con muchos asesores y estrategas vinculados a él. Los escándalos rara vez quedan aislados; se extienden por las redes políticas. Cada nueva revelación genera preguntas sobre quién lo defendió y quién apoyó su nombramiento.
La disculpa de Starmer fue moralmente importante, pero políticamente arriesgada. Las disculpas funcionan cuando cierran una etapa. Fallan cuando siguen apareciendo nuevas informaciones. Como aún surgen materiales relacionados con Epstein, no hay garantía de que lo peor ya haya salido a la luz.
Sus rivales han presentado el caso como una prueba de liderazgo más que de legalidad. Los líderes políticos no suelen caer solo por violar la ley, sino cuando la gente deja de confiar en su juicio.
Por eso, los correos se describen como una bomba de tiempo. Generan un ciclo de dudas: asociación conocida, decisiones cuestionables, explicaciones defensivas y pérdida de credibilidad.
La política de Starmer se basa en control, disciplina y claridad moral. El legado de Epstein representa lo contrario: relaciones confusas y preguntas sin respuesta. Mientras la historia de Epstein siga apareciendo, la de Mandelson tampoco terminará, y la sombra sobre el primer ministro continuará.
En la política británica, los escándalos no terminan cuando se conocen los hechos, sino cuando se recupera la confianza. En este caso, esa confianza sigue sin resolverse, y la duda persistente puede ser más peligrosa que cualquier correo individual.