En los pasillos del poder en Cuba comienza a repetirse un nombre que hasta hace poco resultaba desconocido incluso para buena parte de la élite política:
Óscar Pérez-Oliva Fraga. Ingeniero electrónico, con bajo perfil mediático y vínculos familiares con la generación histórica de la Revolución, su ascenso acelerado ha despertado especulaciones sobre el futuro liderazgo de la isla.
Un ascenso silenciosoPérez-Oliva Fraga ocupa actualmente cargos estratégicos en el aparato gubernamental, ligados al comercio exterior y la inversión extranjera, áreas cruciales para una economía asfixiada por la escasez, las sanciones y la falta de liquidez. Su incorporación como diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular —requisito constitucional para aspirar a la presidencia— ha sido interpretada por analistas como un movimiento cuidadosamente calculado.
En el sistema político cubano, donde las decisiones clave se toman dentro del Partido Comunista y no en campañas abiertas, los ascensos rara vez son casuales. La promoción de figuras técnicas con experiencia en gestión económica sugiere que la prioridad del régimen no es ideológica, sino pragmática: sobrevivir.
El “Delcy Rodríguez de La Habana”Algunos observadores lo comparan con Delcy Rodríguez en Venezuela: una dirigente con enorme peso interno, pero sin protagonismo carismático. La analogía apunta a un perfil disciplinado, leal y eficaz en la administración, más que a un líder de masas al estilo de Fidel Castro.
La comparación no es menor. En sistemas políticos altamente centralizados, el poder real suele concentrarse en figuras que operan tras bastidores, articulando intereses económicos, militares y partidistas. En Cuba, donde el conglomerado empresarial vinculado a las Fuerzas Armadas desempeña un papel decisivo, la experiencia en comercio exterior se convierte en una credencial estratégica.
El contexto del relevoEl presidente Miguel Díaz-Canel encabeza formalmente el Estado, pero el proceso de sucesión sigue marcado por la influencia de la generación histórica y del entorno de Raúl Castro. Aunque la Constitución de 2019 introdujo límites de mandato y ciertos ajustes institucionales, la estructura continúa siendo vertical y controlada desde arriba.
Cuba enfrenta hoy uno de los momentos más complejos desde el
“Período Especial”: crisis energética, inflación, migración masiva y creciente descontento social. En este escenario, el perfil de un tecnócrata joven —relativamente distante de las decisiones más impopulares del pasado— podría resultar funcional para proyectar renovación sin alterar el núcleo del sistema.
Continuidad más que rupturaNo obstante, la emergencia de Pérez-Oliva Fraga no implica necesariamente un giro político. Más bien apunta a una estrategia de continuidad administrada: renovar rostros para preservar estructuras. Otros nombres, como el primer ministro Manuel Marrero Cruz o el dirigente partidista Roberto Morales Ojeda, también figuran en las quinielas, pero ninguno parece representar una transformación profunda.
El verdadero interrogante no es solo quién sucederá a Díaz-Canel, sino qué margen tendrá para maniobrar en un sistema donde las decisiones fundamentales siguen orbitando alrededor del Partido Comunista y del aparato militar.
Un relevo bajo presiónA la presión interna se suma el entorno internacional. Las tensiones con Estados Unidos, la inestabilidad regional y la necesidad urgente de inversión extranjera condicionan cualquier transición. Un dirigente con experiencia en negociación económica podría resultar más útil que un ideólogo.
En definitiva, el posible ascenso de Óscar Pérez-Oliva Fraga refleja más una evolución táctica que una revolución política. En Cuba, el relevo no suele anunciarse con discursos, sino con movimientos discretos. Y, como tantas veces en la historia de la isla, el poder se redefine en silencio.