Karoline Leavitt anunció el viernes que espera una niña para mayo. Lo hizo de forma discreta, con una publicación en Instagram en la que aparece junto a un árbol de Navidad y escribe que ella y su esposo están felices de ampliar la familia y de ver a su hijo convertirse en hermano mayor. Tiene 28 años, ya es la secretaria de prensa de la Casa Blanca más joven de la historia y es madre de un niño de un año nacido el pasado julio, mientras trabajaba en la campaña de Donald Trump.
No hubo nada dramático en el anuncio. Y precisamente por eso llamó la atención.
La reacción posterior dejó en evidencia lo inusual que sigue siendo ver el embarazo convivir abiertamente con el poder político. Meghan McCain expresó esa tensión al escribir que pasó gran parte de sus veintes y treintas escuchando advertencias de que tener hijos perjudicaría su carrera. Ver a la primera secretaria de prensa de la Casa Blanca embarazada, dijo, era “muy, muy, muy genial”. Ese elogio llevaba implícita una confesión: que la ambición y la maternidad aún se perciben, en gran medida, como opciones excluyentes en la vida pública.
El embarazo es una de las experiencias más comunes en la historia humana. El embarazo en la política, no. Cuando una figura política de alto perfil anuncia que está esperando un hijo, la noticia todavía se percibe como una anomalía. No porque el embarazo sea raro, sino porque la política se ha construido durante mucho tiempo sobre la idea de que esas realidades no pertenecen a los pasillos del poder.
La Casa Blanca ha dicho que Leavitt seguirá como secretaria de prensa después del nacimiento de su segundo hijo, aunque no ha aclarado si tomará licencia. Ella ha hablado del apoyo de su esposo y de cómo la maternidad le ha dado perspectiva dentro de una profesión exigente y constante. Nada de eso es extraordinario. Solo suena inusual porque pocas veces se escucha de alguien que habla detrás del podio de la Casa Blanca.
Un contexto histórico que explica por qué este momento parece excepcional
Estados Unidos nunca ha tenido una presidenta. Nunca ha tenido una mandataria embarazada en el cargo ni criando hijos muy pequeños mientras desempeña la función. Incluso cuando más mujeres han ingresado al Congreso, muchas lo han hecho en etapas más avanzadas de la vida, a menudo después de sus años fértiles. No se trata de una coincidencia temporal: es el resultado de sistemas políticos que premian la disponibilidad permanente y castigan cuerpos que requieren pausa, recuperación o flexibilidad.
A nivel global, el patrón ha sido similar. Margaret Thatcher gobernó el Reino Unido durante la guerra y una crisis económica, pero lo hizo cuando sus hijos ya eran adultos. Angela Merkel lideró Alemania durante dieciséis años sin que la maternidad formara parte de su experiencia en el poder. Indira Gandhi y Golda Meir ejercieron una autoridad inmensa en etapas de vida en las que el embarazo ya no era parte de la conversación pública. Su poder no fue cuestionado, pero se ejerció desde cuerpos que encajaban mejor en instituciones diseñadas bajo ciclos vitales masculinos.
Cuando el embarazo ha aparecido en altos cargos, casi siempre ha sido una excepción que confirma la regla. Benazir Bhutto gobernó Pakistán estando embarazada a finales de la década de 1980, convirtiéndose en la primera jefa de gobierno elegida en hacerlo en la historia moderna. Su embarazo generó escrutinio, no porque afectara su capacidad de gobernar, sino porque desafiaba expectativas establecidas.
Más recientemente, Jacinda Ardern dio a luz siendo primera ministra de Nueva Zelanda en 2018. Tomó licencia por maternidad, regresó al cargo y continuó gobernando sin sobresaltos. La importancia del momento radicó en lo que no cambió: el Estado no se tambaleó, la autoridad no se debilitó.
Cuando el poder político topa con la experiencia materna
En los parlamentos, momentos similares han sido escasos y reveladores. En Estados Unidos, Tammy Duckworth se convirtió en 2018 en la primera senadora en dar a luz en el cargo, lo que obligó a modificar normas para permitirle entrar al recinto con su bebé. En el Reino Unido, diputadas como Stella Creasy impulsaron la introducción del voto por poder tras quedar embarazadas en el ejercicio del cargo. En Australia, Larissa Waters hizo historia al amamantar a su hija en el Senado, dejando en evidencia lo lento que adaptan las instituciones realidades que millones de personas viven a diario.
Estos episodios se recuerdan precisamente porque son pocos.
La pregunta nunca ha sido si las mujeres pueden gobernar estando embarazadas o criando hijos pequeños. La historia demuestra claramente que sí. El problema es que los sistemas políticos siguen basándose en un tipo de liderazgo que exige presencia ininterrumpida y una supuesta neutralidad física, como si la autoridad dependiera de fingir que el cuerpo no existe.
Lo que representa el embarazo de Leavitt
El embarazo de Leavitt no desmantela ese sistema, ni pretende hacerlo. Lo que hace es introducir un hecho humano ordinario en un rol que durante mucho tiempo ha estado aislado de él. Es una alta funcionaria de la Casa Blanca. Está criando a un niño pequeño. Espera otro hijo. Nada de eso es radical. Solo parece así porque la política ha tardado en reflejar las vidas que dice representar.
Ahí reside su significado. Dar a luz es universal. Estar visiblemente embarazada en espacios de poder sigue siendo raro. Cada vez que ocurre, evidencia lo estrecho que ha sido el camino hacia el liderazgo y cómo la adaptación institucional aún suele verse como una excepción, no como una norma.
El anuncio de Leavitt no resuelve esa tensión. Simplemente la vuelve a hacer visible, sin espectáculo, sin disculpas y sin fingir que la maternidad y la ambición política pertenecen a mundos separados.
El fin del Artículo