En Chinchero, un pueblo andino rodeado de montañas, terrazas agrícolas y vestigios incas, las máquinas no se han detenido. Allí, en pleno Valle Sagrado de los Incas, avanza la construcción de un aeropuerto internacional que promete desarrollo, empleo y turismo, pero que también ha abierto una herida profunda entre comunidades locales, especialistas y autoridades peruanas.
Para el gobierno, el proyecto es clave. El nuevo aeropuerto busca reemplazar al actual terminal de Cusco y facilitar la llegada directa de millones de turistas a una de las regiones más visitadas del país. Menos escalas, más vuelos, más visitantes. En el papel, la ecuación es simple: infraestructura moderna para impulsar la economía regional.
Pero sobre el terreno, la historia es otra.
Arqueólogos, ambientalistas y líderes comunitarios advierten que la obra se levanta en un espacio cargado de valor histórico, cultural y espiritual. El Valle Sagrado no es solo un corredor turístico hacia Machu Picchu; es un paisaje vivo, donde comunidades quechuas mantienen prácticas ancestrales y una relación directa con la tierra. Para ellos, el aeropuerto no representa progreso, sino una ruptura.
“El daño ya está ahí”, dicen algunos pobladores, al ver cómo el suelo es removido y el paisaje transformado. Las preocupaciones van más allá del impacto visual. Se teme por la afectación a sitios arqueológicos aún no estudiados, a fuentes de agua subterráneas y al equilibrio ambiental de una zona ya presionada por el turismo masivo.
La experiencia de Machu Picchu funciona como advertencia. Durante años, expertos han alertado sobre la sobrecarga turística y sus consecuencias: erosión, contaminación, pérdida de sentido cultural. Con un aeropuerto capaz de multiplicar la llegada de visitantes, muchos se preguntan si el Valle Sagrado podrá resistir una presión aún mayor.
El proyecto también ha generado división entre los propios habitantes de la región. Algunos ven en el aeropuerto una oportunidad largamente esperada para acceder a empleo, comercio y mejores servicios. Otros sienten que las decisiones se tomaron sin consulta real y que los beneficios económicos no compensarán las pérdidas culturales y ambientales.
Mientras las obras continúan, el debate sigue abierto. El aeropuerto de Chinchero se ha convertido en un símbolo de una pregunta más grande que atraviesa al Perú y a muchos países de la región: ¿cómo crecer sin destruir aquello que nos define?
En el Valle Sagrado, esa respuesta aún no llega. Pero el impacto, para muchos, ya es irreversible.
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