Cuba atraviesa una crisis energética sin precedentes que está afectando tanto a la vida cotidiana de sus ciudadanos como a su economía y cultura. Entre las medidas más visibles está la suspensión indefinida del Festival del Habano, un evento internacional que cada año reúne a aficionados y distribuidores de puros de todo el mundo.
Las autoridades del festival justificaron la decisión señalando que la escasez de combustibles y los cortes de energía dificultan la logística y ponen en riesgo la calidad del evento. Este festival no solo es un escaparate cultural, sino también una fuente significativa de ingresos en divisas para la isla.
La crisis tiene múltiples causas. Cuba depende de importaciones de petróleo, especialmente de Venezuela y México, pero estas se han visto afectadas por tensiones políticas y restricciones internacionales. Expertos también señalan que medidas de la administración del presidente estadounidense Donald Trump han exacerbado el problema, imponiendo aranceles y restricciones a países que suministran combustible a la isla.
El impacto se ha extendido más allá del sector cultural: estaciones de servicio con largas filas, cancelaciones de vuelos internacionales por la falta de combustible, y apagones prolongados que afectan hospitales, transporte y empresas. El gobierno ha implementado medidas de racionamiento, priorizando energía para servicios esenciales, pero los ciudadanos continúan enfrentando dificultades diarias.
El Festival del Habano se convierte en un símbolo del impacto tangible de la crisis: la imposibilidad de celebrar un evento que combina tradición, turismo y economía refleja cómo la escasez de energía puede afectar todos los aspectos de la vida cubana. Mientras tanto, la población espera soluciones a corto plazo, consciente de que la recuperación dependerá tanto de la política internacional como de decisiones internas sobre el suministro y gestión de la energía.
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